Sola en la cabina de navegación el viaje resultaba largo y tedioso. Siete meses encerrada en menos de treinta metros cuadrados, donde tomar el sol a través de una ventanilla del tamaño de una bandeja de café entre las 10:45 y las 11:05 era la rutina preestablecida. A algún genio de la flota de transporte se le ocurrió de repente que veinte minutos al día de luz solar mejoraría el humor de los pilotos, supongo que en ese momento debía de estar sentado en el water. El efecto era realmente curioso, una bonita tez morena sobre un cuerpo mortecino. No era cómodo de explicar, pero los chicos del puerto de lanzamiento espacial ya se habían acostumbrado, no se burlaban, después de todo, a nadie le importa mucho el tono de tu piel cuando estás a oscuras y hacerlo podría suponerte quedarte sin una buena ración de sexo hasta el siguiente envío pilotado por una mujer, y eso podía significar años.
Esa era la segunda cosa que más le gustaba de su trabajo, el increíble influjo, que en esta determinada situación de aislamiento, podía ejercer sobre el sexo opuesto, y también el propio.
Pero sin duda lo que estaba apunto de suceder ahora era lo mejor de su cometido. Según el ordenador de a bordo se encontraba en el punto exacto en órbita geoestacionaria sobre Europa, la luna de Júpiter, así que apretó el botón verde pálido establecido por la flota de transporte para tal efecto y la carga se soltó.
Un inmenso cubo de cien metros de lado comenzó a alejarse flotando hacía la oscura inmensidad, poco después la gravedad de Europa, el más azul de los satélites de Júpiter, comenzó a atraerlo hacia si y a caer sobre su superficie, estaba todo calculado. El cubo realizado de acero macizo, extraído en las minas del cinturón de asteroides, refinado y fundido en forma de cubos muchísimo más pequeños en los altos hornos, cerca del planeta enano Ceres. Ensamblados en el vacío espacial hasta formar este increíble cubo capaz de generar su propia gravedad.
Después del increíble engorro de su transporte a cargo de la flota hasta Europa, hacerlo descender hasta la superficie sería tremendamente costoso mientras que dejado a la deriva en el punto exacto caería sobre una zona acotada de diez kilómetros cuadrados de la luna de Júpiter, justo donde la capa de hielo de la superficie es más delgada. Y zas! Materia prima en bruto para las bases permanentes en la luna entregada, suficiente para un año. El impacto sería increíblemente brutal, pero el calor generado derretiría grandes cantidades de hielo que las bases aprovecharían para obtener agua, aire y energía.
Pero toda esta teoría no le importaba nada ahora mismo, solo esperaba el momento que llevaba anhelando meses, el preciso instante en que el cubo penetrase en la atmósfera provocaría el espectáculo de fuegos artificiales más caro jamás realizado y ella era el espectador con la mejor butaca.
El cubo comenzó a ponerse al rojo debido a la fricción con la tenue atmósfera y de repente una inmensa bola de fuego, azuzada por su composición cien por cien oxígeno, iluminó la cabina de navegación. El destello era de un anaranjado cegador, pero la descarga de adrenalina que estaba sufriendo le impedía dejar de mirar. Algunos cubos del perímetro saltaron debido a las increíbles temperaturas, provocando pequeñas explosiones secundarias de donde salían despedidos en direcciones aleatorias trazando delgadas espirales de fuego. El espectáculo era tan grandioso como breve.
Bruscamente la trayectoria de la bola de fuego se paró en seco y la luz se apagó. Pudo ver como una onda expansiva comenzaba a recorrer la superficie del satélite. Segundos después, la luz del impacto atravesó la nube de vapor generado por la fusión del hielo, pero en solo determinados puntos entre las masas de gas. La mano de Dios se erguía sobre la superficie de Europa. Su cara bronceada bajo aquella luz resultaba incluso más hermosa.

1 comentario:
20 minutos por lo menos, eh!
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