domingo, 8 de marzo de 2009

La Maga y el Davabundo.

Cuando ella volvió a materializarse nada en la habitación había cambiado. Los pesados anillos de carreras sobre el plato sopero, las ligas de seguridad envolviendo el frigorífero, el cuadro de la tía Dorotea a remojo en el fregador, los pantalones de mortadela heredados del abuelo extendidos por el suelo y el reloj de cuco que solo marcaba las horas cuando nadie dormía, un avance realmente útil de la técnica moderna, colgado de la pared.

El Davabundo, personaje sin par, apenas llegado a la ciudad en viaje de negocios no cabía en si de entusiasmo ante lo que acababa de no suceder. Él es que era así, siempre se alegraba mucho más de las cosas terribles que, según el, podían haber sucedido en vez de las cosas que realmente sucedían. Pero como hoy era día par se limitó a seguir saboreando el café que acababa de preparar.

Y es que los días pares no hablaba. Esta era una regla interesante a la que había tomado la decisión de regirse un día par que caminando por el bosque un nido de buitres leonados cayó sobre su cabeza. Alegrándose tanto de que no hubiese sido otra cosa mucho peor, como un armario ropero de tres puertas o un piano de cola, decidió homenajear aquel momento no volviendo a hablar los días pares. Claro está que al volver a casa y no poder hablar, todos creyeron que se había vuelto mudo, afortunadamente al día siguiente pudo explicarlo. Entonces todos creyeron que se había vuelto loco.

Ella decidió que este precisamente, y no otro, era el momento adecuado para mencionarle que lo que había en el bote del café no era café, sino los restos torrefactados de todos los recuerdos perdidos de su infancia.

El Davabundo cortó el sorbo de café a mitad y con la mayor de sus sonrisas se giró y dijo: “He de admitir cuan dulce ha debido de ser tu infancia, no me ha hecho falta añadirle nada de azúcar”

Ella le miró furibunda y susurrando para sus adentros pronunció un hechizo que lo convirtió en cucaracha. Él se alegró mucho de que no hubiese sido algo peor como en escobilla del water o palito de cangrejo. Odiaba los palitos de cangrejo.

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