domingo 15 de marzo de 2009

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Cuando Sextus Valerius Caepio decidió afeitarse los brazos justo antes de su triunfal entrada en Antioquia, de vuelta de las campañas Capadocias, sus legionarios lo interpretaron como un acto de mal augurio al cuajarse la sopa castrense del rancho de aquella noche. Sextus, general resolutivo del imperio, mandó inmediatamente ejecutar a todos los prisioneros capturados durante las batallas.

Y no es que fuese un hombre supersticioso, sino más bien poseía una ambición despiadada. No podía permitirse que la curia de generales lo tachase de gafe, sus pretensiones políticas se cortarían de raíz, el Cesar no volvería a mandarle misiones de relevancia y los insidiosos senadores se mofarían de él.

Acabando con todos los prisioneros, acababa con todos los rescates y automáticamente sus soldados acababan quedarse sin un poco más de oro. A Sextus no le hizo falta volver a repetirlo.

Pero para los familiares de los prisioneros no dejo de pasarles desapercibido que sin duda el hecho evidente de afeitarse los brazos les había llevado la desgracia. Costumbre muy mal mirada que quedó arraigada en aquellas tierras y que poco a poco se extendió por todo el imperio y hasta nuestros días.

Lo curioso es que perfectamente lo podían haber asociado a la presencia de legiones romanas en la zona. Pero claro está, esa idea vende menos.

Y hete aquí, que una mañana de agosto. Domingo de resaca. Cuarenta grados a la sombra. Jerez de la frontera. Tres tercios de Águila y un pincho de tortilla. El Betis que perdió anoche. Y la tendencia a sudar por las muñecas de Antonio Quintada, el muletero, propiciaran que la historia se volviese a repetir.
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Esta vez era personal.
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