Es este mundo posmoderno de tecnología muerta en el cual pululamos, por una suerte de broma cósmica, solo nos diferenciamos de los demás seres animados que nos rodean en dos cosas. Uno, el anhelo de la felicidad y dos, Internet.
Lo primero, que a mi casi seguro equivocado entender, es una deformación del instinto de supervivencia. Derivado del ensalzamiento público de los sentimientos propio del romanticismo dieciochesco, que ha progresado poco a poco pasando por el impresionismo, la novela americana y los Beatles hasta la tele basura actual. Todo ello encorsetado por las complejas y estrictas normas sociales modernas.
Y luego está la pornografía en Internet, como oposición diametralmente opuesta a esto último. Me explico:
A partir del nacimiento del individualismo actual, la búsqueda de la felicidad propia, que no la del conjunto, es una forma más de evolución. Ejemplo práctico nº 1: Si no fuera porque los avariciosos burgueses de la revolución industrial deseaban ganar dinero más rápido lo cual sin duda les debía de provocar una inmensa felicidad, no se hubiera desarrollado el concepto de la cadena de montaje de Ford. Y nunca hubieras podido llegar a leer este post porque no existiría tu PC.
¡Pero ojo! Si el obispo de la época hubiese encontrado ciertas pegas morales al interpretar en algún intrincado pasaje de
En contraposición, hoy en día cualquiera puede satisfacer sus más primigenios deseos sexuales en cualquier web porno gratuita sin pasársele ni por un momento por la cabeza la moral eclesiástica. Este es el principio del fin de las ataduras sociales. Cruzamos el punto de no retorno cuando nos la podemos sacudir a cualquier hora sin necesidad dejarnos la vista con el Canal Plus codificado.
La individualidad prevalece sobre el grupo. Ya nada limita la evolución.
Búsqueda de Felicidad + Porno de Internet = Viajes interestelares en cien años o la extinción de la raza humana en menos de veinte.
Tú mueves.

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